En las elecciones generales del 16 de febrero de 1936 se manifestó la polarización de la vida política española, que comenzó con la fracasada Revolución de 1934 y la consiguiente represión.
(La Revolución de 1934 o huelga general revolucionaria en España de 1934, también conocida como Revolución de octubre de 1934, fue un movimiento huelguístico revolucionario que se produjo entre los días 5 y 19 de octubre de 1934 durante el segundo bienio de la II República Española.).
La izquierda se presentó unida en una coalición denominada Frente Popular que abarcaba desde la Unión Republicana hasta el PCE, pasando por el PSOE, ERC y la Izquierda Revolucionaria de Manuel Azaña. Enfrente, la mayor parte de los partidos de derecha se agruparon en el Frente Nacional Contrarrevolucionario (CEDA, Renovación Española, Comunión Tradicionalista carlista, Lliga Catalana, etc.), del cual, sin embargo, no formaron parte ni la Falange ni el PNV. El Frente Popular se hizo con la mayoría absoluta en las Cortes.
Nada más conocerse la victoria del Frente Popular en las elecciones, se produjo un primer intento de «golpe de fuerza» por parte de la derecha para intentar frenar la entrega del poder a los vencedores. Fue el propio José María Gil Robles, líder de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónoma), el primero que intentó, sin éxito, que el presidente del gobierno en funciones Manuel Portela Valladares declarase el «estado de guerra» y anulara los comicios.
A partir de ese momento se desató una oleada reivindicativa con numerosas huelgas e incendios y destrucciones. Pronto entraron en acción grupos paramilitares de falangistas, por un lado, y otros organizados por la izquierda obrera, con enfrentamientos armados entre ellos. Desde el mismo momento de la victoria electoral del Frente Popular, oficiales reaccionarios y monárquicos comenzaron la preparación de una sublevación militar.
En Granada, en la primavera de 1936 se registran los primeros movimientos de una trama conspirativa militar de marcado sesgo antirrepublicano y antidemocrático. Trama conspirativa que cuenta con una cualificada participación de la derecha tradicional y la ultraderecha fascista de la época, (los monárquicos, los tradicionalistas-carlistas, los católicos de la CEDA, los “camisas viejas” de la Falange Española, los “jonsistas”), quienes respaldaron y alentaron al mando militar para derrocar al gobierno legítimo mediante una insurrección armada.
El detonante para el golpe militar, que se llevaba gestando desde varios meses atrás, fue el asesinato el 12 de Julio del teniente de la Guardia de Asalto José del Castillo Saenz de Tejada, probablemente por pistoleros de extrema derecha pertenecientes a la Comunión Tradicionalista o de Falange Española, y la posterior represalia, por parte de los compañeros del teniente, con el secuestro y asesinato del líder de los monárquicos “alfonsinos” José Calvo Sotelo, (que no tuvo nada que ver con el asesinato del teniente Castillo).
El asesinato de Calvo Sotelo, en la madrugada del 13 de julio, aceleró el compromiso con la sublevación de los carlistas y también de la CEDA y acabó de convencer a los militares que tenían dudas, entre ellos, según Paul Preston, al general Francisco Franco. Además, el general Emilio Mola, como principal promotor y “director” del golpe militar, decidió aprovechar la conmoción que había causado en el país el doble crimen y adelantó la fecha de la sublevación, que quedó fijada para los días 18 y 19 de julio de 1936.
La sublevación militar, que buscaba derrocar al Gobierno formado por el Frente Popular, comenzó el 17 de julio de 1936 en el Protectorado Español de Marruecos, extendiéndose rápidamente a Canarias, encabezada por el general Francisco Franco. El 18 de Julio de 1936, la sublevación se extiende a la península, con triunfos en ciudades como Sevilla, Valladolid, Burgos y Pamplona. El 19 de Julio de 1936, el golpe fracasa en Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades tras la resistencia popular, lo que divide el país en dos bandos y marca el inicio de la Guerra Civil.
En la capital granadina, las horas que siguieron a las primeras noticias de la sublevación transcurrieron en una tensión máxima. Las agrupaciones sindicales y de izquierdas acudieron al gobierno civil, sito entonces en la calle Duquesa, reclamando al gobernador civil republicano César Torres Martínez armas para defender a la República ante la sublevación. Éste logró calmar a los obreros, asegurándoles que el comandante militar de la ciudad, general Miguel Campins Aura, le había jurado lealtad al gobierno democrático y republicano.
Aunque monárquico, y amigo personal de Franco, Campins Aura era hombre honesto y fiel a su palabra. No lo eran sin embargo los oficiales a su mando, de modo que el día 20 de julio a las 5 de la tarde, la guarnición militar de la capital, liderada por el general José López-Pinto, y apoyada por la Guardia Civil, declaró el estado de guerra y, tras unos días de enfrentamientos esporádicos, tomó el control total de la ciudad. El general Campins fue forzado a firmar el bando de guerra y después de ser encarcelado; sería fusilado, por orden de Queipo de Llano, en Sevilla el 16 de agosto de 1936.
Los puntos principales de la capital fueron controlados por los rebeldes y las garantías constitucionales suspendidas. De inmediato se controlaron y detuvieron a las autoridades legítimas de la República y se procedió a desarrollar la violencia y el terror, en el que participaron elementos militares y civiles, (con protagonismo de los falangistas y militantes de la CEDA). El 25 de julio los rebeldes controlaban los pueblos circundantes, desatando una verdadera cacería de brujas contra todo aquel que hubiese militado, o mostrado simpatía, por algún sindicato de izquierdas o partido de los que integraron el Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.
Tras el anuncio de la sublevación en Granada, el comandante José Valdés Guzmán se pone al mando de un grupo de soldados, procedentes de los distintos cuarteles de Granada, se encamina con ellos al Gobierno Civil y destituye, sin violencia, al gobernador y se autonombra gobernador civil con la aquiescencia, y bajo las órdenes, del General Queipo de Llano, el carnicero de Andalucía, desatando una feroz y brutal represión contra las personas leales a la República.
Junto con el capitán José María Nestares Cuéllar, delegado de Orden Público, y el jefe de Policía, Julio Romero Funes, se lanzan a la caza y captura de simpatizantes de izquierda. Al mes siguiente del levantamiento, fueron fusilados cerca de 600 personas contra las tapias del cementerio de Granada, entre ellas el alcalde de Granada, el socialista, Manuel Fernández-Montesinos, cuñado de Federico García Lorca.
A partir de agosto de 1936, Víznar se convirtió en uno de los lugares más sangrientos de la represión nacionalista. Cientos o miles de personas, según las diferentes fuentes, fueron sacadas de la cárcel, conducidas desde Granada a bordo de vehículos, y a continuación ejecutadas sin juicio previo en una rutina escalofriante.
El capitán José María Nestares llegó a Víznar, por orden del general Luis Orgaz, con una columna de Falange y algunos guardias, el 27 de julio para organizar el frente. Formó “la Primera Bandera y luego Primer Tercio de Falange Española Tradicionalista de Granada”, estableciendo su cuartel general en el Palacio del Cuzco, donde estuvo alojado hasta mediados de agosto, en que pasó a una vivienda particular incautada a un vecino de Víznar. Los sublevados usaban como centro de detención, una casa de veraneo para niños que se conocía como “La Colonia”, situada a la salida del pueblo, en dirección a Alfacar.