Para cuando llegó el vehículo de Lorca, en La Colonia estaban ya alojados, a la espera de su inminente fusilamiento, el maestro de Pulianas Dióscoro Galindo González y un chico acusado de robo a mano armada. Allí, en el piso inferior, el poeta pasó las horas finales de su cautiverio, antes de ser fusilado en un lugar aún no aclarado, a entre uno y dos kilómetros de distancia, en compañía del maestro y los banderilleros y, seguramente, de los dos delincuentes comunes.
La Pasaderas de Víznar era, en los años anteriores a la Guerra Civil, un pintoresco cortijo con un molino, junto a la acequia de Aynadamar, situado en la salida del pueblo camino de Alfacar. En el verano de 1934 las autoridades de la República convirtieron la finca, conocida también como Villa Concha, en una casa de veraneo para niños, en unas “colonias”. Aunque sólo fue utilizada para ese menester dos años, las crónicas sobre la historia de la represión nacionalista, los libros de historia de la Guerra Civil y los manuales de literatura la bautizaron para siempre como La Colonia.
Los sublevados desalojaron a los niños de La Colonia a primeros de agosto de 1936 y convirtieron el inmueble en una especie de cárcel donde los detenidos pasaban sus últimas horas antes de ser fusilados. En los primeros días, los detenidos fueron ejecutados en Puerto Lobo; a partir de mediados de agosto en la carretera hacia Alfacar y ya desde septiembre, cuando la represión recayó sobre los huelguistas y simpatizantes republicanos, en el Barranco de Víznar. Este último tercio fue el más sangriento.
El primer ejecutado en Víznar, según Molina Fajardo, fue un maestro de Huétor Vega a quien condujeron hasta Puerto Lobo.
El histórico inmueble fue derribado en los años setenta y solo quedan algunos restos de la escalera y del molino. La Junta de Andalucía lo adquirió y declaró lugar de Memoria Histórica, como el resto de los sitios lorquianos que hay en Víznar y Alfacar. El Ayuntamiento de Víznar ha propuesto en distintas ocasiones su rehabilitación.